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¡Qué bueno es que estemos aquí!

¡Qué bueno es que estemos aquí!

Siempre que leemos la Palabra hemos de procurar hacerlo desde una perspectiva nueva para que el polvo de la monotonía no quite el brillo a las palabras de Jesús.

Da la impresión de que, en la escena de la transfiguración, Pedro y sus compañeros intuyen que la propuesta de Jesús va a tener en Jerusalén una deriva peligrosa (como así fue). Y por eso dicen ¡QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ! O sea: no vayamos a Jerusalén, quedémonos en la luz de este monte, no nos compliquemos la vida. No quieren salir de lo que ahora llamamos la zona de confort.

La zona de confort es ese estado en el que uno se siente seguro y a gusto con el peligro de vivir en la rutina, de estancarse, de no preocuparse de lo que pasa fuera. Si esto se mantiene por mucho tiempo se corre el riesgo de generar consecuencias negativas como la pérdida de motivación, la apatía, la monotonía y el desgaste.

Quizá nosotros vivimos la fe en una zona de confort, sin sobresaltos, sin grandes problemas, cumpliendo con una rutina de la que nadie nos saca porque queremos estar tranquilos. Cuando alguien pretende movernos de ahí decimos como Pedro: estamos bien así, no incordies. Así es. Estamos tranquilos con nuestra idea de un  Dios lejano, con nuestras devociones que comprometen poco, con nuestra fe que no llama la atención. Una fe en la irrelevancia de la zona de confort.

¿Se puede hacer algo? ¿Estamos dispuestos siquiera a pensar la posibilidad de vivir la fe fuera de nuestra zona de confort? Demos alguna pista:

- No te dejes llevar por una fe rutinaria: no reces mecánicamente, no repitas tradiciones por el argumento de que siempre se ha hecho así, no hagas bandera de costumbres religiosas que son intrascendentes para la fe (ceniza, ayunos, bendiciones, etc.).

- Cultiva tu fe: lee todos los días el evangelio del día, piensa que quizá podrías apuntarte a algún grupo de reflexión de los que hay en tu parroquia, lee algún libro de espiritualidad.

- Participa en algún voluntariado: si tu situación personal lo permite acércate a algún grupo de componente cristiano o humanista en el que puedas aportar algo de tu tiempo. No es tan difícil.

Resulta que, a veces, la fe nos ha dejado demasiado tranquilos. Sin embargo, hay que decir que la fe de Jesús tiene un cierto componente “molesto”, un aguijón que estimula. No temamos: el evangelio no nos obliga a lo que no podemos, pero demanda la entrega del corazón. Y eso está reñido con la rutina, la abulia, y el pasotismo.

Siempre habrá que desear que la vida cristiana esté fuera de la zona de conforte, sea viva y esté actualizada. Pero en los tiempos que corren, tanto en nuestro país como en el mundo entero, vivir la fe de manera rutinaria, como siempre, es exponerse a que esa fe se agoste y se muera. El papa León habla muchas veces de que hemos de ser hoy “testigos inermes y desarmantes de la paz que viene de Cristo”. Eso será imposible con una fe adormilada. No temamos salir de nuestra zona de confort. Los frutos serán muy positivos.

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