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Todo el que se deje llevar de la cólera será procesado

Todo el que se deje llevar de la cólera será procesado

La Palabra de los evangelios resulta, a veces, algo intricada. Pero, en otras ocasiones, como ocurre en este domingo, tiene un mensaje claro.

Jesús era un judío piadoso que amaba la Ley pero que la llevaba hasta las últimas consecuencias. Por eso viene a decir en el pasaje de este domingo algo que nos parece exagerado: hablar mal del hermano es tan grave como matarlo: TODO EL QUE SE DEJE LLEVAR POR LA CÓLERA CONTRA SU HERMANO SERÁ PROCESADO. Para Jesús, la maledicencia es planta del mismo jardín que el asesinato y entra bajo el mismo mandamiento: “no matarás”.

Sabemos distinguir la gravedad entre una cosa y otra. Pero lo cierto es que, como decimos popularmente, hay palabras que matan. Ambas realidades tienen efectos similares. Con las palabras se puede destruir a una persona, se le puede anular, se le puede crucificar. Se difunde su debilidad, su fallo y ese sambenito le acompañará siempre. A veces se inventa un bulo sobre ella que las redes se encargan de difundir y, aunque de demuestre luego que fue un error, el daño está hecho.  Por eso hay que tener un cuidado riguroso sobre nuestra manera de hablar.

¿Cómo alejar de nuestra vida cristiana la maledicencia que destruye la relación humana?

- No hables nunca sin respeto: si se pierde el respeto al hablar, se pierde el respeto en la vida. Cuestiona, discierne, critica incluso, pero siempre con respeto.

- No hables con crueldad: sobre todo de aquellos que están más indefensos, que son más frágiles, que no tienen a nadie que les defienda.

- No hables con mentira: si sabes que algo es mentira no lo propagues. No inventemos bulos acerca de los demás. Es algo gravísimo que hace un enorme daño personal y social.

Tiene san Francisco un dicho acertado: “Dichoso aquel que tanto ama y respeta a su hermano cuando está lejos de él como cuando está con él, y no dice de él a sus espaldas lo que no se atrevería a decir delante de él”. La maledicencia es consecuencia y reflejo del mal pensar. Ya está bien de reír las gracias a quien habla mal del hermano ausente. Esto no habría de ser tolerable entre cristianos. Y, por cierto, la acusación de maledicencia, para que sea perdonada, ha de hacerse no tanto ante un sacerdote, sino ante aquel del que se maldijo a sus espaldas. Si no, estamos en una ficción.

Se nos tendría que notar que somos cristianos por nuestra manera de hablar con respeto y fraternidad en este tiempo de tanta violencia verbal. Si hablamos como todos, ¿para qué nos sirve el evangelio?

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