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NO TE FIJAS EN APARIENCIAS

NO TE FIJAS EN APARIENCIAS

Cuando leemos un texto evangélico nos conviene, a veces, dejar de lado la lectura que hemos hecho siempre y apoyarnos en otro punto desde el que el pasaje pueda sernos elocuente.

Los fariseos y herodianos del texto hacen una valoración lisonjera de Jesús que nosotros encontramos exacta y que dice de él tres cosas: eres sincero, enseñas el camino de la verdad, NO TE FIJAS EN APARIENCIAS. Tomemos esto último. Jesús sabe mirar al valor de la persona, lo que es ante Dios y ante sí mismo, y no cae en la trampa de las apariencias que engañan. Es otra manera de valorar a personas y cosas.

Es algo que todavía  sigue vigente. Una persona de apariencia elegante nos parece respetable, aunque quizá sea un truhán. Otra de apariencia modesta nos parece prescindible, aunque sea cabal. Valoramos por lo de fuera sin asomarnos a lo de dentro. Ya lo decía la carta de Santiago (2,1-4): entra a la comunidad uno con sortijas de oro y traje flamante y le decís: “Siéntate cómodo”. Entra un pobretón con traje mugriento y le decís: “Siéntate en el suelo”. ¿Podemos funcionar así?

¿Qué pautas nos da en el evangelio para no caer en la tela de araña de las apariencias?

- Mirar las obras: “por sus obras los conoceréis” (Mt 7,20). ¿Son obras para quedar bien, para la galería, o son obras de socorro y de acompañamiento?

- Mira las palabras: “que tu sí sea sí y tu no sea no” (Mt 5,37). El mucho hablar puede embaucar a la persona, pero no la construye.

- Mira las intenciones: “busca primero el reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33). Si se pretende el propio beneficio y no el brillo de la justicia, desconfía.

El evangelio tendría que haber llevado a desembarazarnos de las apariencias, pero aún no lo ha conseguido. Quizá nos ayuden los pensadores de hoy que nos dicen: «Ninguna generación ha estado tan obsesionada por lo visual como la nuestra. Nos rendimos ante lo visible y apenas podemos librarnos del poder de las imágenes, tanto de las fascinantes como de las terribles. La sociedad que se ha ido generando en torno a la televisión está acostumbrada a no creer salvo lo que ve y a creerse todo lo que ve. Asignamos a la visibilidad un valor central, al que se asocian otros como la sinceridad, la autenticidad, la inmediatez o la transparencia» (D. innerarity).

En la reciente visita del papa León a Barcelona se inauguró con toda pompa la torre de Jesús en la Sagrada Familia de 173 m. de alta lo que la hace la iglesia más alta del mundo. ¿Qué supone eso para la fe cristiana? ¿Qué tiene que ver esa apariencia de grandiosidad con la propuesta del reino? Creemos que poco. No nos dejemos atrapar por las apariencias. Demos cancha al evangelio que habla de vivir la fe en el valor de lo secreto, lejos de toda apariencia.

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