LA PIEDRA ANGULAR
El evangelio contiene, a veces, páginas ásperas que nos producen una especie de rechazo inicial. Hay que leerlo con paciencia.
Una de esas páginas es la que hemos leído hoy. Sobre las piedras angulares se asentaba el edificio. Si ellas fallaban, la casa peligraba. Por eso los canteros elegían las mejores piedras para los ángulos y desechaban las demás para morralla.
Cuando Jesús habla de que LA PIEDRA DESECHADA ES AHORA LA PIEDRA ANGUJLAR está hablando de una experiencia propia. Él ha sido “piedra desechada”, ha sufrido el desprecio con que los poderosos miran a quienes no son relevantes, nadie lo ha considerado significativo (ni siquiera aquellos griegos que parece que quisieron verle: Jn 12,21), terminará de mala manera en un patíbulo. Piedra desechada.
No es el de Jesús un caso único. La historia del camino humano está hecha de rechazos de todos aquellos que no cuentan, de olvidos de quienes habrían de recibir agradecimientos, de facturas de justicia que no han sido pagadas. Piedras desechadas.
¿Cómo vivir de manera que el rechazo aparezca lo menos posible en nuestras vidas, que no seamos de quienes escogen las piedras elegantes y desechan las de pobre apariencia? Hagamos estas consideraciones:
- Somos de la familia de los débiles: la debilidad nos une. Quien se cree fuerte, mírese bien. La limitación está a la puerta. Hoy pareces invencible, mañana eres un derrotado.
- Somos buscadores de dicha: ese deseo nos iguala y desde ahí habríamos de ayudarnos a que nadie quede excluido del gozo de vivir. La dicha del humilde es piedra angular del edificio humano.
- Somos caminantes necesitados de amparo: dependemos unos de otros para llegar a la meta de una vida cumplida. No podemos andar el camino de la vida sin el abrazo y la caricia de un corazón que nos ame.
Coincide este domingo con la fiesta de san Francisco de Asís, hermano universal, para el que queremos tener un recuerdo. Él ha sufrido también en sus propias carnes el rechazo de su familia, de sus amigos, de su pueblo. Él ha comprendido que su vida rechazada era acogida por el Jesús rechazado. Y eso le ha dado fuerza para no reproducir el rechazo sino, todo lo contrario, para proponer una vida en total acogida. Escribía a sus hermanos: «Y deben gozarse cuando conviven con gente baja y despreciada, con los pobres y débiles, con los enfermos y leprosos, y con los mendigos que están a la vera del camino». Son palabras que hoy se traducirían en modos de vida de acogida e integración.
Dicen algunos que cuando la humanidad ha estado en peligro se ha salvado no por los fuertes y notables, sino por los humildes y rechazados. Que la fe nos lleve no solamente a no generar rechazo sino, sobre todo, a construir la casa común donde todos son bienvenidos y nadie es excluido.