EMPEZANDO POR LOS ÚLTIMOS
A veces el evangelio nos desconcierta. Pero es un desconcierto saludable porque nos saca de nuestra comodonería.
Eso ocurre con el texto de este domingo. La sociedad del tiempo de Jesús estaba mucho más jerarquizada que la nuestra. Los primeros eran los dirigentes y los notables; los últimos la gran masa del pueblo pobre. Nadie se saltaba el orden establecido. Quien lo hacía corría el riesgo de sufrir las represalias de quien tenía la sartén por el mango.
Pero parece que Jesús tenía la manía de empezar a repartir, a valorar, a considerar comenzando por los últimos, como se ve en este relato de los trabajadores a la viña: PÁGALES EL JORNAL, EMPEZANDO POR LOS ÚLTIMOS. De esa manera quería hacer ver que en su reino, en su idea de sociedad, los últimos serán primeros, decía. O sea que, ante Dios, toda persona vale exactamente igual y que aducir rangos y jerarquías no tiene sentido.
Nos viene muy bien que el evangelio nos diga esto porque tendemos a situarnos en el lado de las jerarquías porque vemos que ahí está el poder y que de ellas podremos sacar algún provecho. Jesús nos dice que esa no es la manera de situarse de quien quiera seguirle, sino que ha de valorar a todos por igual, con un plus para quien está en situación de mayor carencia.
Por eso mismo, ¿cómo habríamos de comenzar hoy a repartir por los últimos?
- Reclamando el fin de la explotación laboral: los sueldos injustos, las horas no pagadas, los trabajos sin contrato, etc.
- Poniéndonos del lado de quien es desahuciado injustamente: porque hay gente que quiere pagar alquiler razonable y es desahuciado por fondos buitre y, a veces, por entidades eclesiásticas.
- Trayendo al recuerdo y la oración a los olvidados de la tierra: porque su dolor sigue pidiendo justicia, aunque ni nos acordemos de ellos.
El recordado Papa Francisco nos hacía en su día una meditación espiritual que volvemos a leer ahora: «Miremos fijamente también a Jesús en el Gólgota. El Hijo de Dios está desnudo en la cruz; su túnica ha sido echada a suerte por los soldados y está en sus manos (cf. Jn 19,23-24); él ya no tiene nada. En la cruz se revela de manera extrema la solidaridad de Jesús con todos los que han perdido la dignidad porque no cuentan con lo necesario. Si la Iglesia está llamada a ser la «túnica de Cristo» para revestir a su Señor, del mismo modo ha de empeñarse en ser solidaria con aquellos que han sido despojados, para que recobren la dignidad que les ha sido arrebatada. «Estuve desnudo y me vestisteis» (Mt 25,36) implica, por tanto, no mirar para otro lado ante las nuevas formas de pobreza y marginación que impiden a las personas vivir dignamente».
A veces hemos escuchado a los políticos decir que es deseable que “nadie se quede atrás”. Eso mismo es lo que viene a decir el evangelio. Si colaboramos algo a que esto sea una realidad tendremos la misma manera de entender la realidad que tuvo Jesús. Ese es el buen camino.