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Un vaso de agua fresca

Un vaso de agua fresca

Una simple palabra oculta en el texto evangélico puede aportar luz si nos detenemos en ella.

Dice el texto de este domingo que quien dé UN VASO DE AGUA FRESCA a quien hace la misión, a cualquier sediento, no quedará sin recompensa. Cuando el calor aprieta, como estos días, se agradece enormemente un vaso de agua fresca. Añadir la frescura al agua indica el cuidado por tenerla fría (en aquellos tiempos era más difícil que en estos), la preocupación por guardarla en el sitio más fresco, la distinción del agua que no está al fresco. En definitiva, un vaso de agua fresca es el agua al que se le añade el amor.

Se nos dice con esto que los detalles pequeños contienen una gran importancia. Creemos que solo valen las grandes obras, las grandes ideas, los planes memorables. Pero lo humano se esconde, muchas veces, en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo oculto. Ya dice el mismo evangelio que quien es fiel en lo poco es también de fiar en lo mucho (Lc 16,10).

Es verano, tiempo para el cultivo de los detalles, del tiempo ofrecido sin mirar el reloj, de la mesa compartida y de la conversación participada, del descanso familiar y del disfrute popular. Un marco inigualable para el cultivo de los detalles. Cuando este verano hagas algo, piensa en el vaso de agua fresca y esmérate en los detalles. Eso tiene que ver con el evangelio.

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