Muéstranos al Padre
Ocurre, a veces, que, cuando leemos el evangelio, éste nos interroga, se vuelve pregunta para nosotros. Estamos leyendo bien.
El evangelio de este domingo consigna una de las inquietudes espirituales que ha acompañado siempre el camino del creyente: MUÉSTRANOS AL PADRE. Es decir, háblame de Dios en un lenguaje que entienda. ¿Cómo hablar de Dios? ¿Qué lenguaje emplear para nombrar al que no tiene nombre? ¿Cómo hacer comprender al ciudadano de hoy que Dios es amor y solamente amor?
El evangelio parece querer decirnos: déjate de preguntas retóricas. Tú, lánzate a la persona de Jesús y te toparás con el Padre. Ese es camino acertado. Nosotros sabemos de Dios por Jesús: porque él perdona, sabemos que Dios perdona; porque él ama, sabemos que Dios ama; porque él está cerca de quien sufre, sabemos que Dios consuela; etc. Jesús es camino seguro para dar con el Padre.
Pero la pregunta sigue punzante: ¿Cómo mostrar y mostrarnos al Padre? ¿Cómo hablar de Dios en nuestro mundo azaroso de hoy?
- Hablemos de un Dios que acompaña el camino humano: que sabe de nuestros caminos y que nunca se aleja de ellos, por muy extraviados que sean. Un Dios acompañante fiel por encima de toda debilidad.
- Hablemos de un Dios que nos quiere responsables de la vida: que ha puesto en nuestras manos todas las posibilidades y que espera que gestionemos esta “casa común” con responsabilidad. Si la fe nos lleva al desentendimiento, no es la fe del evangelio.
- Hablemos de un Dios que acoge a todos: hagámoslo en estos tiempos en que se habla de “prioridad nacional”, esa idea que es la consagración del egoísmo puro y duro. Si los cristianos renunciamos a la acogida, renunciamos al evangelio.
Deseamos llegar a hablar de Dios de manera que no haya que avergonzarse, de modo infantil, desencarnado, un Dios que no hace parte real de la vida. Hablemos de Dios de manera que, cuando profundizamos en la fe, no haya que desmontar el Dios que construimos antes. Se puede hablar hoy de Dios sin sentir vergüenza, como algo interesante para nuestra vida.
El obispo Pedro Casaldáliga escribió en su día un poemilla que quizá habríamos de leer y meditar.
«Para cambiar de vida
hay que cambiar de Dios.
Hay que cambiar de Dios
para cambiar la Iglesia.
Para cambiar el Mundo
hay que cambiar de Dios»