Jesús se echó a llorar
A veces las páginas del evangelio nos ofecen datos que nos dejan sorprendidos. Si nos fijamos en ellos pueden darnos un perfil nuevo de la persona de Jesús.
Dice el evangelio de este domingo que Jesús, ante la tumba de Lázaro, SE ECHÓ A LLORAR. No debemos exagerar el componente histórico de este construido relato joánico puesto que el autor apunta a asuntos espirituales (Jesús como resurrección del creyente en el hoy de su caminar histórico). Pero es el único pasaje del evangelio donde se ve a Jesús llorar ante la muerte de otra persona. No estamos acostumbrados a ver a un Jesús divino, hijo de Dios, que llora. Pero el texto indica que el caminar creyente de Jesús ha estado amasado en lágrimas de humanidad.
Si se nos dice que nuestra fe también ha de estar amasada en lágrimas no sabríamos decir a qué se refiere eso. Una fe fría, dogmática, de ideas, es empobrecedora y termina cayendo en la rutina religiosa. Una fe que se conmueve por las situaciones del otro es la que hace suyos, de algún modo, los sufrimientos del otro. Dice el filósofo, y es cierto, que la respuesta que damos al sufrimiento del otro nos hace sujetos morales, dice qué clase de persona somos.
Por eso nos preguntamos: ¿cómo vivir una fe con lágrimas? ¿Por qué un creyente de hoy habría de llorar?
- Por la azarosa situación mundial de hoy: donde impera la ley del oeste, en la que ha sido dinamitadas las reglas de la convivencia entre las naciones por el abuso de la fuerza de un país que se dice cristiano. Ya vemos que esto tiene gravísimas consecuencias. Nuestro llanto está más que justificado.
- Por la persistencia de la pobreza: porque tenemos medios para erradicar el hambre y la pobreza. Los países ricos, entre los que nos contamos, no se deciden a actuar. Mientras tanto, los humillados de la tierra siguen sufriendo y muriendo en silencio. ¿Hasta cuándo?
- Por el cataclismo de los abusos sexuales en la Iglesia católica: porque sigue manando esa fuente de inmenso dolor. Porque quizá con nuestro silencio y nuestro mirar para otro lado estamos revictimizando a los que sufrieron.
Dice el libro del Eclesiastés 4,1: “He visto cosas horribles en mi vida. La peor de todas, las lágrimas de los pobres que nadie consuela”. Estamos llamados no solamente a no contribuir al aumento de ese caudal, sino a enjugar las lágrimas de quien más sufre. Todos podemos hacer algo: escuchar, acompañar, ayudar. Una fe que no llora ante la debilidad humana no puede ser la fe de Jesús.
Dice dos veces el relato joánico que Jesús “se conmovió en su interior”. Es una conmoción provocada por la dureza del entorno en aceptar que Jesús es camino de vida ya en el hoy de esta historia. Estamos a las puertas de la Semana Santa, tiempo específico para contemplar el “llanto” de un Jesús que se entrega a nosotros. Habría que vivir la fe en “estado de conmoción”, dispuestos a acoger el llanto de Jesús para ser más sensibles al llanto de los otros. Si no, ¿no corremos el riesgo de una celebración superficial?