Existía antes que yo
Muchos textos de los evangelios se nos hacen difíciles porque derivan de la antigua espiritualidad judía que resulta lejana a nuestra cultura. Pero con un poquito de paciencia podremos sacarles partido para alimentar nuestra vida cristiana.
En la escena del bautismo de Jesús, que seguimos leyendo, se pone en boca de Juan el Bautista esta expresión: “Tras de mí viene un hombre que está delante de mí porque EXISTÍA ANTES QUE YO”. ¿Qué quiere decir esto? ¿Se refiere a lo que la teología llama la preexistencia del Verbo, eso de que Jesús estaba en el cielo y luego descendió a la tierra? El evangelio no suele preocuparse de estas verdades dogmáticas tan posteriormente elaboradas.
Proponemos otra traducción: “Detrás de mí llega un varón que se pone delante de mí, porque ESTABA PRIMERO QUE YO“. Eso alude la ley judía del levirato por la que se establece un mecanismo de amparo para la mujer viuda y sola. Jesús ha sido el gran amparador, el que se ha llevado a casa a la esposa sola que somos nosotros en nuestra debilidad. Jesús se bautiza para ampararnos en nuestra debilidad.
¿Cómo vivir una fe cristiana con una mentalidad amparadora? ¿Cómo ver que si no amparamos al débil no podemos ser seguidores/as de Jesús? Tres posibles caminos:
- Escucha: porque la soledad escuchada es menos soledad y escuchar es una forma privilegiada de amar. Que tu escucha sea atenta, “amante”, como decía el recordado papa Francisco.
- Consuela: derrama sosiego sobre un corazón turbado, derrama paz. No se trata del falso consuelo de las palabras vacías, sino del consuelo por el que uno se pone decididamente al lado de quien sufre.
- Hazte cargo: implícate un poco, porque amparar sin implicarse es dejar las cosas vacías. Cree con firmeza que las situaciones de quien sufre te atañen también a ti.
La prensa nos sorprende, a veces, con noticias que nos sobrecogen como la de ese anciano de Valencia que fue hallado muerto después de quince años. ¡Qué abismo de soledad! Vivir solo, morir solo, estar solo año tras año. No solo habríamos de conmovernos, sino que tendríamos que animarnos a olfatear las situaciones de soledad de los más débiles y hacer algo porque sea menos gravosa tal soledad. La lucha contra la soledad es acompañar como Jesús nos acompaña.
El papa León XIV lanzaba un grito en sus primeros días de pontificado: “Demasiadas discordias, demasiadas heridas causadas por el odio, el miedo, los prejuicios, la indiferencia con los pobres y la violencia contra la tierra. Y, sin embargo, nosotros queremos ser una levadura de fraternidad, de comunión, de amparo”. Tenemos una hermosa tarea para este año recién comenzado. Ánimo para todos.